Monday, August 11, 2008

Los Michael Corleone

Mientras cerraba la puerta se colocó los anteojos oscuros y miró hacia la izquierda y hacia la derecha con nerviosismo. Sin embargo, por un instante, casi se tranquilizó. Era imposible que alguno de sus conocidos anduviera a esa hora por ese barrio. Caminó muy rápido hasta dar vuelta a la esquina y se subió al auto. Frente al espejito, retocó flequillo y lápiz labial. Condujo quince minutos por las calles sin tráfico del domingo a la siesta. Presionaba los pedales con cuidado: todavía le temblaban las piernas, y no podía arriesgarse a perder el control. Ya bastante al límite estaba.

Sabía que era tarde para echarse atrás, para decir que acá no pasó nada, para arrepentirse y sentirse culpable. Sabía también, como sabe un condenado a muerte, que su falta no iba a quedar impune. Sabía que la explosión de la bomba atómica, que la caída de la débil torre de naipes era solo cuestion de tiempo. Ya iba a haber una falla, un error, un paraguas olvidado, un mensaje de texto sin borrar, una hora de retraso.

No le costó encontrar un lugar en el estacionamiento, y entró al supermercado caminando a toda velocidad, en contraste con el ritmo que parecía llevar el resto de la gente. Leche huevos atún galletitas sin sal. No tenía la lista. Solía ser sumamente organizada para hacerla, según el orden en el que estaban dispuestos los artículos en las góndolas. No sabía improvisar la compra, y agarraba las cosas sin ton ni son. Choclo en lata papas pollo hamburguesas patitas para los chicos. Sabía que el acuerdo tácito de silencio era importante, pero no le preocupaba tanto que se descubra la mentira, ni las consecuencias que eso podría traerle. Ni siquiera le desesperaba la idea del divorcio, del escándalo familiar, de su madre juzgándola, de los chicos llorando bajo la escalera. Lo más terrible, lo más imperdonable de todo, era lo que ya no podía cambiar, aunque nunca nadie lo supiera. La idea acerca sí misma era lo que se quebraba, lo que no tendría arreglo.

Mientras hacía la cola para la caja, desfilaron por su mente personajes de ficción que detestaba. Michael Corleone, Daniel Plainview, Scarlett O'Hara, el mismísimo Dr. House. Lo que más le molestaba de ellos era que, pese al daño que hacían, pese a sus engaños, a sus miserias, a sus traiciones, no eran en realidad mala gente. Eran solo personas, actuando con frialdad y pragmatismo ante situaciones diversas. Le daba pánico el solo pensar que podía tener algo de ellos. Se debatió entre el bien y el mal, pues conocía, al igual que todos, la diferencia entre ambos. Se preguntó si podía seguir descendiendo, mintiendo, cayendo cada vez más bajo por algo que en el fondo no valía la pena; o si debía elegir la tranquilidad y la transparencia de lo que conocía, de lo que le hacía bien.

Claro. Qué apacible, qué fácil solía ser todo cuando nada pasaba. Pero ahora, cómo volver a vivir sin la sensación del pecho al borde del estallido, de las lágrimas y la risa siempre a punto de saltarle, de las piernas que temblaban justo al cerrar la puerta. El placer y la diversión suelen aparecen como banalidades absolutamente prescindibles, en las que la relación costo-beneficio es siempre negativa. Quizás fuera así, es cierto. Era obvio que tanta mentira y tanta culpa no le traían nada más que un poco de sexo y de risa con alguien a quien en realidad no quería mucho. El placer está subestimado, pensó entonces. Era difícil, pero necesario, aceptar, aceptar que no era tan buena y abrazar a su Michael Corleone, capaz de mentir sin pestañear, aunque fuera solo para obtener un buen rato a cambio.

Pagó con tarjeta de crédito y volvió a salir al calor de la siesta.

10 comments:

Berenizz said...

Ah, que buen relato.
A veces nos sorprendemos hasta a nosotros mismos, dejamos salir unaa parte que teniamos muy guardada.
No se que decir, pero me gusto mucho mucho. Y mas de una vez me senti asi. Mal.

Saludos.

mOz said...

Arder hasta que nada exista

kate said...

Se ve mal ese personaje, qué había hecho? mató a alguien?

juanita* said...

Que bueno relato. Al leerlo me senti como complice de la mina, como culpable de algo. Creo que si hago algo asi yo, me sentiria igual...

Gracias por compartir :)

[in]sane... said...

Anda que rudo!

¿cómo alguien en esa situaciòn, vuelve sin más a su vida cotidiana habiendo traspasado las fronteras personales?

Pfff...muy inquietante!

[saludos]

Anonymous said...

de repente todos se volvieron morales y éticos...

theremin said...

jajajajaja! la verdad!!! me encantó ese último anónimo.
y es muy gracioso (o no tanto) como todos los demás creen firmemente que soy una persona mala e infiel (¿?) que está contando en su blog que tiene un amante y que se siente culpable de ello. Me salió muy mal parece, porque no era la idea contar una anécdota sino solo escribir algo, yo que sé. No estoy ofendida ni nada, pero esto no es un diario íntimo, en serio, es solo (mala) ficción.

mOz said...

Creo que no importa realmente si es realidad o lo ficción lo que está escrito, sino qué es lo que se cuenta y cómo.
Eticos y moralistas... que cada uno se haga cargo, de lo que dice, de lo que lee y de lo que piensa. Too much, no?
Me parece que éstas disquisiciones no son el eje de este post ni de los anteriores.
Besos mozes, a los éticos, los moralistas y a los demás.

A Theremin, más besos. Más. Más.

juanita* said...

jajajaja, lo de la moral me mato...
No son ficciones malas che, tan buenas:)

Javier said...

I say hi yall bleeding hearts! nice story, though. I wonder which credit card she paid with...

Cheers!

PS: She should've paid in CASH