¿Como es posible que en tanto tiempo no haya escrito nunca sobre ella?
No hay gatos corrientes, dijo Oscar Wilde. Y ella debe ser el ejemplo más vivo de tal frase, porque es tan tan común la pobre, y sin embargo tan única.
El primero de abril pasado la conocí. Eran días angustiantes, me acuerdo. Yo acababa de curarme de una larga y patética enfermedad y estaba en los trámites de compra del departamento. Mi tía me había preguntado si quería una minina, y por supuesto le dije que sí, impulsivamente, sin conocerla. ¿Cuáles eran las chances de que no me gustara?
En mi casa siempre habíamos tenido gatos, pero siempre con dos particularidades: todos eran machos y nunca hubo más de uno a la vez. Y Penny Lane fue y es mi primera gata.
Penny Lane no come carne. De ningún tipo. Ni cruda, ni cocida, ni molida, ni en trozos. La desea, la huele, pero finalmente no la come.
Está loca. Por las mañanas y por las noches corre desesperada por toda la casa, se golpea contra las paredes, se trepa por los muebles, tira libros y discos al piso. Es como si tuviera un exceso de energía de tipo infantil con la cual no sabe qué hacer.
Duerme todo el mediodía y toda la tarde, y puede estar horas limpiándose la carita con las patas (es zurda: el lado izquierdo siempre lo tiene más limpio). Como a las siete sale a jugar con el gatito del A, completamente negro y lustroso. Tan majestuoso, tan distinto a ella. Entra en su casa y hace desastres, se duerme en su sillón y le come la comida. Nunca lo deja entrar a nuestra casa.
Penny Lane no es delicada ni gordita ni peluda. Es una flaca desgarbada, torpe, medio de la calle. Tiene el pelo corto y gris, y el hocico bien blanquito. Sus hobbies: traer cucarachas como trofeo, patear hasta el cansancio capuchones de birome y mordisquear cable modem durante horas.
Su cumpleaños: primero de marzo.
Qué esta haciendo ahora: nada. Está tirada en el piso, cierra un poco los ojos, los vuelve a abrir y me mira.
Ya nos vamos a dormir.