Thursday, September 25, 2008

Cruda

_Mamá. Pasame.
_Tomá. Jóse te traigo un poco de pan.
_Mirá eso que locura.
_Qué cosa.
_Sí, traeme, si es que no está duro ya.
_Esto es una barbaridad. Esto está al borde de la pornografía.
_No no, mas que pornografia, es como.
_Sí, si.
_Como se dice.
_Lo que.
_Como se dice lo de los niños. ¿Hay mayonesa?
_No. Qué de los niños.
_Está horrible el pan.
_Pedofilia.
_Pedofilia, eso.
_Y bueno vos no compraste.
_Yo no te estoy echando la culpa de nada. Solo digo que está horrible el pan.
_¿Está disfrazado de Willy Wonka?
_Que horror. Cambiá.
_Yo me voy a comprar pan.
_Cambiá eso haceme el favor.
_Por qué te levantás de la mesa.
_Me voy a comprar pan dije.
_¿A vos te parece levantarte en medio de la unica comida que podes hacer con tu familia?
_Ese sombrero me hace acordar a los que nos habíamos hecho para bailar en quinto, te acordas vos.
_No.
_Son dos minutos, voy, compro, vengo.
_El auto no te lo llevás.
_Uno que me había hecho mamá, todo de terciopelo.
_Voy y vengo.
_Vos te acordás mamá. Del sombrero.
_Y como no me voy a acordar si estuve hasta las cuatro de la mañana con el forro. Qué revoleás los ojos vos.
_Nada.
_Yo siempre que te digo una verdad vos revoleás los ojos.
_Ya vengo.
_Si te vas no se te ocurra volver. Te vas a comer a la esquina directamente.
_Ay che qué necesidad.
_Vos no te metas.
_Bueno listo como sin pan. Ya fue.
_Y si comé sin pan que tampoco te vas a morir.
_La verdad.
_Qué.
_Mirá eso. Es un asco.
_Cambiá de una vez.
_Pará, pará que quiero ver. Esta pareja nomás.
_Y como lo habías hecho el sombrero.
_Bueno conseguí el armazón y lo forré con terciopelo por afuera, y por adentro con raso.
_¿Donde estará?
_Che está bueno esto.
_Gracias. No sé, debe estar tirado en algun lado. Como tiran todo ustedes. En el fondo fijate.
_Igual debe estar inmundo no sé para qué lo querés.
_Está exquisito esto, no bueno, exquisito.
_Está medio cruda la carne.
_¿Te la pongo un rato mas en el horno?
_Dejá, le como los bordes.
_De recuerdo, que se yo, para tenerlo, lo podría colgar en mi pieza.
_Qué impresionante lo que baila este chico. Y qué lindo chico que es. Fijate Laurita si hay otra gaseosa abierta.
_Lástima que sea tan puto.
_No hables así che.
_Ay mamá pero si es re puto.
_Yo no creo que sea homosexual este chico.
_Sí es.
_Sí es.
_Yo no entiendo por qué juzgan así sin saber.
_Pero no estamos juzgando, él mismo dice que es gay.
_Sí, dijo.
_Pobrecito. Tan lindo chico.
_Pero qué tiene de pobrecito, el está bien, tiene novio y todo.
_Y parece que se casa.
_Ay me estás jodiendo.
_Ayudame a levantar Laurita. Pasame ese plato.
_Sí se casa. El año que viene parece.
_No te lo puedo creer. Jóse no comiste nada.
_Y está bien, qué no podés creer.
_Te llenás de gaseosa. Después no te quiero ver picoteando a las cuatro de la tarde.
_Para mí está perfecto, si se quiere casar, que se case. Tomá.
_¿Perfecto? Toda la carne dejaste Romi.
_Estaba medio cruda te dije.
_A mí la verdad no me parece perfecto. No me parece nada perfecto. Lo ven las criaturas por la televisión, preguntan, mamá, qué pasa que ese señor está casado con otro señor.
_Y bueno.
_Y bueno nada. Ya te quiero ver cuando tengas tus hijos.
_Yo no voy a tener hijos. Y me parece muy bien que se case si se quiere casar y que sea gay si quiere ser gay.
_Mira vos, te parece muy bien. Bueno mirá yo te voy a decir una sola cosa.
_¿Hay postre?
_Si vos querés ser lesbiana selo, pero acá no se te ocurra traerme una novia.
_Ay mamá yo no soy lesbiana, te digo nomás, que si se quiere casar, qué problema hay, que se case.
_Me voy a dormir un toque.
_Aparte olvidate, porque te voy avisando que yo quiero tener nietos. Así que más vale que todos tengan dos o tres chicos. Que mirás así.
_Nada.
_Qué falta de todo realmente, no entiendo. Dejá de revolear los ojos.
_¿Hay postre?




Monday, August 11, 2008

Los Michael Corleone

Mientras cerraba la puerta se colocó los anteojos oscuros y miró hacia la izquierda y hacia la derecha con nerviosismo. Sin embargo, por un instante, casi se tranquilizó. Era imposible que alguno de sus conocidos anduviera a esa hora por ese barrio. Caminó muy rápido hasta dar vuelta a la esquina y se subió al auto. Frente al espejito, retocó flequillo y lápiz labial. Condujo quince minutos por las calles sin tráfico del domingo a la siesta. Presionaba los pedales con cuidado: todavía le temblaban las piernas, y no podía arriesgarse a perder el control. Ya bastante al límite estaba.

Sabía que era tarde para echarse atrás, para decir que acá no pasó nada, para arrepentirse y sentirse culpable. Sabía también, como sabe un condenado a muerte, que su falta no iba a quedar impune. Sabía que la explosión de la bomba atómica, que la caída de la débil torre de naipes era solo cuestion de tiempo. Ya iba a haber una falla, un error, un paraguas olvidado, un mensaje de texto sin borrar, una hora de retraso.

No le costó encontrar un lugar en el estacionamiento, y entró al supermercado caminando a toda velocidad, en contraste con el ritmo que parecía llevar el resto de la gente. Leche huevos atún galletitas sin sal. No tenía la lista. Solía ser sumamente organizada para hacerla, según el orden en el que estaban dispuestos los artículos en las góndolas. No sabía improvisar la compra, y agarraba las cosas sin ton ni son. Choclo en lata papas pollo hamburguesas patitas para los chicos. Sabía que el acuerdo tácito de silencio era importante, pero no le preocupaba tanto que se descubra la mentira, ni las consecuencias que eso podría traerle. Ni siquiera le desesperaba la idea del divorcio, del escándalo familiar, de su madre juzgándola, de los chicos llorando bajo la escalera. Lo más terrible, lo más imperdonable de todo, era lo que ya no podía cambiar, aunque nunca nadie lo supiera. La idea acerca sí misma era lo que se quebraba, lo que no tendría arreglo.

Mientras hacía la cola para la caja, desfilaron por su mente personajes de ficción que detestaba. Michael Corleone, Daniel Plainview, Scarlett O'Hara, el mismísimo Dr. House. Lo que más le molestaba de ellos era que, pese al daño que hacían, pese a sus engaños, a sus miserias, a sus traiciones, no eran en realidad mala gente. Eran solo personas, actuando con frialdad y pragmatismo ante situaciones diversas. Le daba pánico el solo pensar que podía tener algo de ellos. Se debatió entre el bien y el mal, pues conocía, al igual que todos, la diferencia entre ambos. Se preguntó si podía seguir descendiendo, mintiendo, cayendo cada vez más bajo por algo que en el fondo no valía la pena; o si debía elegir la tranquilidad y la transparencia de lo que conocía, de lo que le hacía bien.

Claro. Qué apacible, qué fácil solía ser todo cuando nada pasaba. Pero ahora, cómo volver a vivir sin la sensación del pecho al borde del estallido, de las lágrimas y la risa siempre a punto de saltarle, de las piernas que temblaban justo al cerrar la puerta. El placer y la diversión suelen aparecen como banalidades absolutamente prescindibles, en las que la relación costo-beneficio es siempre negativa. Quizás fuera así, es cierto. Era obvio que tanta mentira y tanta culpa no le traían nada más que un poco de sexo y de risa con alguien a quien en realidad no quería mucho. El placer está subestimado, pensó entonces. Era difícil, pero necesario, aceptar, aceptar que no era tan buena y abrazar a su Michael Corleone, capaz de mentir sin pestañear, aunque fuera solo para obtener un buen rato a cambio.

Pagó con tarjeta de crédito y volvió a salir al calor de la siesta.

Thursday, July 31, 2008

¿Vale?

(Robo y más robo)


En la mesa cuadrada del bar que está pegada a la ventana hay siete objetos. En el centro están los elementos comunes: un cenicero aún limpio y un recipiente rectangular que contiene sobres de azúcar y de edulcorante. A la izquierda, un par de Ray Ban con montura de carey, unas gotas oftálmicas y un celular de dimensiones mínimas, de una marca que acá no existe. A la derecha, en el extremo opuesto, un Marlboro común bastante aplastado y un encendedor Bic, negro, de los chiquitos. Las jurisdicciones de Caro y de Mili están de algún modo delimitadas, y a pesar de haber sido mejores amigas en otra época ninguna de las dos se atrevería a colocar algo suyo en el espacio que tácitamente le corresponde a la otra.
Mili, la dueña de los anteojos, las gotitas y el celular, acaba de sentarse, mientras que Caro la ha estado esperando por más de diez minutos.
_Qué linda que estás, pero, ¿no tenés frío? _En efecto, Mili tiene puesta una musculosa blanca y un cárdigan plateado muy fino que pone de manifiesto unas clavículas y un esternón que Caro no recordaba tan evidentes hace unos años.
_Un poco. Es que llegué recién la semana pasada y la verdad es que no tengo casi nada de media estación.
_Claro. ¿Qué tal, allá?_Pregunta Caro con miedo, porque sabe la respuesta.
_Y, mirá, es todo una locura. Qué se yo, es otro mundo. Es otro el ritmo de vida, la cantidad de gente, de cosas que hay para hacer, y una que quiere hacerlas todas... bueno, te imaginarás.
Caro se imaginaba. Cuánto querría levantarse temprano, trabajar durante el día en algo creativo, almorzar zucchinis salteados en fritolim y después visitar salas, muestras, cafés, inauguraciones. Podría hacerlo, en realidad. Su ciudad no era tan fea después de todo. Pero las cosas han cambiado. Sin saber por qué, no consigue levantarse antes de las once. Lo que queda de la mañana es para ordenar la casa y comer, luego a su trabajo de oficina y de ahí de vuelta a la casa, a mirar televisión, agarrar algún libro y finalmente dormir.
Mili sigue hablando de algo que Caro no escuchó, pero al volver a prestarle atención ya está en otra cosa.
_Pero contame de vos, ¿qué hacés? ¿seguís en la editorial?
_Sí. _Contesta Caro. De hecho, no suena tan mal. "Trabajo en una editorial, trabajo en una editorial". Le gusta decirlo. Qué bueno sería trabajar realmente como editora de novelas históricas o de ciencia ficción. En realidad, sin embargo, su trabajo consiste en corregir puntuación a artículos de teoría económica para una revista mensual que nadie compra hace años.
_¿Y qué tal, te gusta?
_Sí, sí, bastante.
_¿Y qué pasó con el programa de televisión que me contaste por mail?
Qué boludes, por dios. Caro se arrepiente tanto de haber mencionado eso en un correo electrónico de hace como un año. Se encoje de hombros.
_No, nada, no salió al final. Pero mejor por un lado, porque era todo el día, iba a ser muy cansador...
_Decímelo a mí, que laburo como una loca. _El mozo les trae sus cafés. Caro inmediatamente le pone dos sobres de azúcar, lo revuelve y empieza a tomárselo. Mili no lo toca, y solo beberá un sorbo amargo cuando esté frío. Continúa hablando. _Cuando me llamaron para la entrevista yo estaba entusiasmadísima, porque obviamente, es el departamento de comunicación de Cover Girl, yo que sé, nunca pensé que me tomarían a mí, sobre todo con este acento argentino, que por más que disimule se nota. Para colmo, me dijeron que el puesto nunca lo había tenido alguien de menos de treinta años, así que imaginate, es muchísima responsabilidad...
_Claro.
_Che, ¿y tu novio? ¿seguís con él? _Mili destapa el gotero, echa la cabeza hacia atrás y se pone una gota en cada ojo. _Lentes de contacto, no me acostumbro. _Dice mientras tanto.
_No. Cortamos hace unos meses.
Mili tiene los ojos húmedos después de las gotas, pero el rimel no se le corre. Cover Girl.
_No te puedo creer. Yo estaba segura de que ibas a casarte con ese chico, tan buenito que era, ¿Manuel?
_Daniel.
Ambas se ríen.
_Qué nombre feo. _Dice Mili, y Caro deja de reirse.
_Los que se casaron son José y la Vale.
Mili abre mucho los ojos y vuelve a reirse.
_¡No te puedo creer! Pobre la Vale, si supiera...
_La verdad. _Ambas se ríen entonces, pensando en lo mismo. Qué amigas vuelven a ser en ese instante en que se ríen de otro. Pero el momento pasa cuando Mili saca una foto de adentro de su cartera.
_Mi novio._Le dice. Mili y un chico alto y lindo con la remera de Washing Machine están sentados en un sillón negro y cada uno tiene una cervecita en la mano.
_¿Cómo se llama?
_Tobías._A Caro le parece un nombre espantoso, muchísimo peor que Daniel, pero no dice nada. En cambio, murmura.
_Hubo un momento en el que realmente pensé que te ibas a casar con Santi.
Mili se ríe a carcajadas, y a Caro le molesta un poco que le reste tanta importancia al asunto. Pero en seguida recuerda que Mili siempre fue así.
_¡Pero por favor! No duramos ni tres meses. Yo de hecho siempre le dije "vos tenés que volver con Caro, porque es la única mujer que te aguanta". Y todavía lo pienso, así que yo que vos voy averiguando si está soltero.
_No, no creo.
_¡Pero dale! No seas tonta, quizás sea el amor de tu vida, como vos decías cuando estaban juntos.
_Bueno pero pasaron mil años. Me dejó, se fue, volvió, empezó a salir con vos... me daría mucha cosa estar con él ahora.
_En realidad nunca fuimos novios, te soy sincera. Yo nunca lo quise de verdad, y si estuve con el ese tiempo fue porque... yo qué sé, para no estar sola. No es bueno estar solo, a mí me hace muy mal.
_De todos modos, no sabría ni cómo ubicarlo. ¿Vos te comunicás con él?
_Para nada. Le mandé un mail una vez desde allá, y me dijo que le hacía daño que le escriba y que iba a cambiar su cuenta. Me sentí medio culpable, que cambie su cuenta por mí, pero bueno, yo estoy en otra, tampoco puedo hacerme cargo de todo el mundo.
Claro que no. Mili no se iba a hacer cargo de todo el mundo.
_Creo que te entiendo._Mentira número uno, pues no la entiende ni por asomo. Mili mira para afuera.
_Cuando me acuerdo de esta ciudad siempre lo hago con tristeza. Tanta basura, tanto tiempo perdido.Y cuando vengo, tengo la sensación de que nadie se alegra por mí, de que me vaya tan bien, de que haya superado todo esto.
_Yo sí me alegro por vos._Mentira número dos. Mili sonríe, como diciendo "gracias, y si no es así no me importa".
_Vos tendrías que irte de acá. Eso tendrías que hacer. Escuchame, una señorita licenciada en comunicación, estás en el mismo trabajo desde que estudiábamos, no puede ser. Es bueno cambiar, dejar atrás todo lo malo, que se yo. Te vendría bien.
_Bueno, sí, es fácil decirlo pero...
_¿Vos pensás que fue fácil para mí, irme, estar sola, en otro lado? Para nada. Hice de todo, hasta trabajé de moza, pero yo sabía que cualquier cosa era mejor que estar acá, y mirame ahora. Yo te digo que vale la pena intentarlo. Hagamos una cosa. Mi novio es subdirector de una revista de crítica literaria y de cine, allá. Te doy el mail para que le mandes tu currículum. Yo que sé, en una de esas...
Caro se entusiasma, sonríe y le brillan los ojos.
_Dale, dale.
_Ahora diculpame pero me tengo que ir, tengo dentista.
_¿Dentista?
_Sí, allá es carísimo. Así que aprovecho para hacerme de todo acá._Dice mientras se coloca los Ray Ban sobre la cabeza. Sonríe. Su boca no parece necesitar ningún arreglo.
_¿Me das el mail...?
_Te llamo y te lo doy por teléfono, ¿vale?_Ya se levantó de su silla.
_Bueno.
Mili le da un beso en la mejilla y sale del local haciendo sonar sus tacos. Toma un taxi en la puerta y dice una dirección. Caro siempre le dio un poco de pena, pero la verdad es que el que no se arriesga no gana, y ella tampoco puede pasarse la vida solucionándole todo a los demás. Bastante tiene ya uno con sus propios problemas.







Wednesday, June 25, 2008

Del otro lado

Todas las ciudades tienen un Hotel Colonial y esta no era la excepción. Así fue que, después de terminar unas empanadas en el único bodegón que habíamos encontrado abierto a esa hora de la noche, caminamos por la parte baja del centro hasta ver el cartel rosado de neón. Yo conocía ya dos hoteles coloniales: a uno había ido con mi padre hacía casi veinte años. Teníamos que tomar un avión al día siguiente, y él decidió que no nos quedáramos en el aeropuerto toda la noche. Al otro había ido con un antiguo novio, por tres noches. Estábamos tan mal que ya no hacíamos nada juntos. El salía, a cenar o a visitar amigos, y yo me quedaba casi todo el día en el cuarto que alquilábamos, leyendo revistas o mirando televisión. Ni siquiera teníamos sexo. Nos separamos al regresar del viaje.
Este Hotel Colonial, sin embargo, no tenía nada que ver con ninguno de los anteriores. El cartel luminoso era grotesco y poco prometedor. Se trataba de un edificio de tres pisos, sin ascensor, sin balcones y con la pintura exterior desconchada por todas partes. Llegamos hasta la puerta caminando y sin ningún gesto que indicara que éramos una pareja. No nos tomábamos de la mano ni nos abrazábamos, y nuestros hombros ni siquiera se tocaban, como si hubiera alambre de púas entre ambos cuerpos. En ese estado de cosas nos detuvimos en el hall, muertos de frío y de urgencia, sin haber acordado en ningún momento que entraríamos allí. Un vidrio con dos agujeros separaba a la recepcionista de los huéspedes que llegaban. Era una cincuentona bastante linda y pasada de peso, con la permanente hecha hacía mucho tiempo y el rostro cubierto de maquillaje comprado por catálogo. El espacio era mínimo y parecía reducirse a cada instante. Las paredes carmín y los posters (uno de ellos mostraba a la Coca Sarli, el otro a un torero y a su víctima) eran un poco inquietantes, pero hacían acordar a alguna película de Almodóvar, lo cual de alguna manera me reconfortaba. De cualquier modo, este Hotel Colonial estaba bien lejos de aparentar ser un hospedaje familiar o uno de esos lugares para viajantes, limpios y sin personalidad. En otra ocasión, discutiríamos largas horas, por chat, si se trataba o no de un telo. Yo decía que sí. Él, que no.
_Serían treinta y cinco. _Dijo la mujer con desdén, como quien vende cien gramos de fiambre surtido.
El abrió la billetera y sacó un billete de veinte, uno de diez y uno de dos pesos.
_¿Tenés tres pesos?_ Me preguntó con muchísima verguenza, y ante mi expresión se apresuró a aclarar. _Es que no tengo cambio.
_Sí, sí, claro. _Me tuve que sacar los guantes de lana para buscar en mis bolsillos. _Tomá, acá tengo cinco.
_Gracias. _Recibió el billete y pagó los treinta y cinco pesos con todo el amor del mundo, con la misma actitud que un joven adinerado de Nueva York le compra un anillo de diamantes a su novia. Yo, sabiendo esto, debería haber cambiado de opinión y salido corriendo, pero no lo hice. Una llave le fue entregada y nos dirigimos al pasillo y luego a la escalera, que subimos, una vez más, en silencio y sin ningún contacto físico. Entramos a la habitación. Las paredes eran magenta y había una alfombra gris muy desgastada. Por lo demás, una cama sin nada de especial y dos mesitas de luz no del todo iguales. Me quedé parada en la puerta, mientras él se sacaba las zapatillas y el reloj.
_¿Todo bien?
_Sí. ¿Vos?
_Bien, un poco cansado. ¿Te molesta si me doy una ducha?
_Claro que no.
Se metió en el baño minúsculo y yo, aburrida y ansiosa al mismo tiempo, me puse a revisar su mochila, quizás en busca de cigarrillos. Adentro de la agenda, una foto de su perro y dos de su novia, una chica sencilla y suave que lo quería plácidamente. Ni un solo cigarrillo.
Me saqué el tapado y las botas, me senté en la cama y me tapé un poco con la colcha. Qué difícil va a ser esto después de tanto tiempo, pensé mientras lo esperaba. Odiaba la idea de tener que esperarlo para acostarme con él. Debería haberme metido en el baño primero, qué boluda.
Cuando salió tenía puesto un boxer gris y una remera negra que ya le conocía. Me acordé de su cuerpo y me di cuenta de que no iba a ser difícil después de todo. Y eso que nunca le di mucha importancia a los buenos lomos.
_No hay que subestimar ningún lugar. No sabés qué buena la presión del agua.
Estaba nervioso y eso me relajó. Alguien tenía que manejar la situación, y finalmente ambos sabíamos que sería yo, al menos los primeros minutos.
_Vení.
Sus orejas tenían un dejo de sabor a jabón y eso me gustó. Un chico prolijo y bien educado. El sexo no era cuestión de práctica entre nosotros, había sido especialmente bueno desde siempre. Creo que era la falta de remilgo intelectual lo que ayudaba. No había necesidad de caretear ni de dejar algo para después. Era simple, abundante y delicioso como un kilo de helado o un plato de fideos con salsa bajoneados a las seis de la mañana. No había cansancio posible. Antes de dormirme un rato, lo recuerdo hablando de las columnas y de las vigas, y de cómo no era matemáticamente posible que el edificio estuviera de pie. Me divertía.
Volví a abrir los ojos justo a tiempo para las complicaciones.
_En tres horas te tenés que ir. _Me dijo con un dejo de melancolía y añadió:_Y andá a saber si volveremos a vernos.
Cómo lo odié entonces. Qué necesidad tenía de salir con eso.
_Hace unos años dijiste lo mismo. And here we are.
_¿Qué quiere decir eso? _Se acomodó en la cama y me tocó el pelo. Su torso es digno de ser mencionado, inclusive reiterado.
_Que acá estamos.
_Ah. _Se hizo un silencio cómodo durante el cual casi me duermo de nuevo. _¿Dónde es que trabajás vos?
_En una oficina. ¿Vos?
_También. Podemos chatear si querés.
_Bueno.
_Anotame tu dirección después, no te olvides. _Me dijo, y dedicó los siguientes minutos a darme besos. _Te quiero mucho. _Añadió, y no me importó responderle.
_Yo también.
_Nunca respetes a quien te deje. Yo daría cualquier cosa por estar con vos.
Me reí. De los nervios, claro.
Quise decir algo adecuado, pero por suerte se durmió antes.
Yo intenté hacer lo mismo, pero no pude. Lo desperté a las nueve menos cuarto, para despedirnos adecuadamente. Después nos vestimos y cerramos la habitación. Insistió en acompañarme a desayunar, pero se me hacía tarde y decidí tomar un taxi en la puerta del Hotel Colonial. Era un precioso día. Me abrazó y lo besé sin escrúpulos, solo por narcisismo. Recorriendo en el auto las calles de esa ciudad desconocida que estaba dejando, me di cuenta de que mientras él exista, siempre seré para alguien la chica que se va, el amor medio imposible que todos tenemos.

Thursday, June 19, 2008

La Perfecta

(Ya sé, soy un asco)
A las siete de la tarde, después de colgar el teléfono inalámbrico, Lucía se miró las manos blancas para comprobar el estado del esmalte de uñas rojo todavía fresco, pero este estaba perfecto. Su estado de ánimo se podía describir como una mezcla balanceada entre satisfactoria tranquilidad y controlada euforia. Andrés había vuelto a llamar. Era la tercera vez en cuatro días. A Lucía le gustaba mucho decirle a sus amigas que le costaba enamorarse, pese a que los pretendientes parecían caerle del cielo. Esta vez, sin embargo, tenía que reconocer que la situación era diferente. Andrés le interesaba de verdad y pronto ya no podría ocultarlo. Era su próximo novio, ambos lo sabían.
Se acercó al balcón de su cuarto y prendió un cigarrillo sin pensar en nada, mirando correr a los autos por la Avenida del Libertador. Después de cinco años de estudio, finalmente tendría unas largas vacaciones. Faltaba un mes todavía para que llegara su título de abogada de la Universidad Austral, y su padre había estado de acuerdo con que se tomara ese mes para descansar. El regalo prometido había llegado: al día siguiente tenía que pasar a buscar su pasaje a Europa. Había estado allí un par de veces antes, pero por primera vez iría sola. Ya había hablado con sus amigas españolas y con el inglés que había conocido en Punta del Este. Se encontrarían todos en Barcelona. Lucía pensó en esa ciudad, de la que tenía más fotos imaginadas que reales. Abril era un mes ideal para estar. No había demasiada gente y el clima era estupendo. Y ni hablar del Primavera Sound, con todas esas bandas que sonaban cada mañana en su i-pod.
Una brisa comenzó a soplar en la altura de su décimo piso y Lucía decidió entrar. Tenía que bañarse para salir a comer. Se detuvo un momento para mirarse en el espejo de cuerpo entero.
Ella ya no se sorprendía, claro, pero las personas que recién la conocían no dejaban de hacerlo. Para ella era normal que todo el mundo la mirara cuando entraba a un lugar o simplemente cuando pasaba. Podía ser por su pelo rojo y ensortijado, por sus rasgos exóticos, por la piel casi transparente o por su figura, alta y armoniosa. Lucía se sentía muy orgullosa de, pudiendo ser modelo o simplemente esposa, haber estudiado y ser abogada. Una preciosa e inteligente abogada de veintidos años. Eligió un vestido negro con ribetes de satén verdes de Miu Miu y zapatos Mischka forrados en raso. Un bolsito compacto Cacharel y unas cuantas gotas de Issey Miyake después del baño en sales completarían un conjunto destinado al éxito.
Mientras se desvestía no pudo evitar sonreir. Todo a su alrededor parecía decirle: preparate, porque está por comenzar la mejor época de tu vida.
Miró el reloj: las siete y media. El tumor facial, que crecía calladito desde hacía meses bajo su mejilla derecha, comenzaría a notarse tres horas después.

Saturday, May 10, 2008

Contemporáneas

El texto tiene nueve páginas y está reproducido y posado, casi flotando, encima de cada uno de los veinte bancos. Llama particularmente la atención una de estas versiones, más detallista y prolija que el resto. Cuenta con múltiples marcas, subtítulos con rosa, ideas centrales con amarillo, fechas con naranja, nombres con verde. También le realizaron breves anotaciones con portaminas.
El autor, de apellido Wood, es norteamericano o inglés, y eso quiere decir que cada frase será corta y concisa, y que cada párrafo tendrá una admirable cohesión interna, además de hilarse perfectamente con el anterior y el siguiente. Ana y Elena, que leyeron el texto más de una vez, saben eso. Ambas estudiaron inglés y aprobaron el examen internacional, pero sus conocimientos solo fueron aplicados a lecturas de placer y conversaciones breves con estudiantes extranjeros, porque aún no conocen Europa.
Los personajes son, por lo tanto, tres: Elena, Ana y el texto, aunque también se podría incluir a su autor. Pero simplifiquemos.
Elena y Ana se miran, cada una desde su posición, cada una cumpliendo su rol. Presienten, aunque no saben, ciertas cosas que las unen. Algunas son extremadamente banales, como que calzan treinta y seis y tienen puesto un tapadito gris, otras no tanto, como que les gusta el frío, evitan las frituras y lloran con Perdidos en Tokyo. Otras más, finalmente, son difíciles de clasificar. Por ejemplo, desde niñas les llenaron la cabeza de ciertas ideas como "tenés que ser abogada" o "tenés que irte de acá". En alguna parte de sus personas, ellas están de acuerdo. También son bastante lindas, "qué ojos", "ese cabello hijita". Su belleza y su inteligencia fueron motivos para que los hombres las eligieran. Pero como no son excepcionales, también las dejaron a veces, por feas o por tontas. Tratándose de ellas, todo depende del cristal con el que se las mire.
Elena y Ana viven en contradicción, exhaustas, haciendo todo más o menos bien, repartiendo el tiempo y la cabeza, confundidas, tensionadas, tironeadas a diestra y siniestra. Ambas permanecen en la cuerda floja, espléndidas y pobres, doloridas y geniales, opacas y lustrosas. Cometieron errores, fueron demasiado condescendientes, demasiado fáciles con alguien, demasiado duras a veces. Hicieron tonterías e hicieron las cosas bien. Elena y Ana son, por lo tanto, un poco parecidas, y lo presentien. Pero en este momento cada una actúa de acuerdo a su rol, y ese rol es definido justamente por el tercer actor: el texto. Es Ana quien debe hablar, y lo hace, perfectamente. Su tono de voz, la cadencia, la claridad y completitud absoluta de las ideas que expresa, todo está muy bien. Pero no es suficiente. Para Elena eso no es suficiente. Sin embargo, sádica, perversa como un dentista, la deja terminar. A continuación, la mira y con una sonrisa le hace unas suaves preguntas retóricas para confundirla, ¿cuál es el eje? ¿cuál es la hipótesis? ¿cual es la idea fundamental?. Después de todo es su clase, es su momento, y puede hacer lo que quiera. Ana, que se ha convertido para todos en la tonta y la pobre Ana, contesta como puede, mal, cada vez más tonta y más pobre. Alguien comenta algo y se pasa a otra cosa.
Elena mira a Ana y sabe que le hizo un bien. A ella le pasaba lo mismo, complicaba lo simple, le costaba encontrar una síntesis, le resultaba difícil lograr un punto de vista, y le molestaba muchísimo que le marquen los errores. Aprendió, con la experiencia, ahora sabe hacerlo. Le concede unas últimas palabras, que suenan como unos centavos cayendo en el sombrero del ciego que toca la flauta: sos muy inteligente, Ana, pronto vas a superar esto.
Ana, mientras tanto, mira a esa otra mujer que es Elena. Se siente humillada y mínima, sobre todo con esas migajas de la inteligencia. ¿Quien es ella para opinar? Apenas me dio unas clases. Quiere pedir permiso y retirarse, o fingir que no le importa y ponerse a tomar apuntes como los demás, pero está inmovilizada, mirando a su profesora. Finalmente la clase termina y Ana consigue un baño sucio donde llorar. Llora de la humillación, la rabia y los nervios, pero sabe que sobre todo llora por la desesperación que le causa la idea de tener que esperar, todavía un tiempo más, para poder ser lo que después de todo quiere ser, otra docta poderosa y temible, otra verdadera hija de puta.

Wednesday, April 16, 2008

Fuck the recipe

Lo unico, lo que unía todas las cosas, lo que siempre había importado, era el método. Conociéndolo, mediante la teoría y la experiencia, y sumándole un coeficiente intelectual intermedio, las cosas básicamente funcionaban.
Había un método para todo. Para picar cebollas, para tender la cama, para limpiar el horno, para leer más rápido, para estudiar más en menos horas, para entender la guía T, para alcanzar el orgasmo, para conocer nuevos discos, para entablar temas de conversación, para vestirse bien, para parecer interesante, para pintarse las uñas, para conseguir un trabajo, para histeriquear, para aprender idiomas, para armar buenos porros, para bajar subtítulos, para subtitular, para caminar sexy, para manipular a los padres, para tener más amigos, para organizar las fotocopias, para ser una buena oficinista, para hacer una fiesta, para adelgazar, para ser superficial, para parecer superficial, para besar, para que los fideos no se peguen.
Había un método para elegir tema de tesis, paltas maduras, peluquero, zapatillas, anteojos, lentes de contacto, azúcar, edulcorante, buenas películas, lapiceras, marido, cuadros, libros, wok, estilo, perfume y lugar donde ir de vacaciones.
Pero no hubo, o al menos no pudo hasta el momento encontrar, un método para llevárserlo a pasar la noche en su casa, más que un par de vulgares frases sueltas, del tipo "quisiera ser tu actriz porno" o "estás más bueno que el dulce de leche".

Thursday, March 27, 2008

antes de saber, saber

(Hay quien cree que no soy yo)
El don de la percepción me llegó muy temprano, mucho antes de que pudiera manejarlo.
Cuando era niña, necesitaba más elementos, más cosas que se hilaran para llegar a conclusiones apresuradas pero siempre ciertas.
Un lunes me iba a dormir sin que mi papá hubiera llegado de su viaje.
Un miércoles mi mamá se calzaba los anteojos oscuros a lo Carolina de Mónaco y no se los sacaba ni de noche.
Un viernes, mi papá me llevaba a comer para dejar a mamá tranquila y no me dirigía durante todo el almuerzo más que caritas culposas y sonrisas forzadas.
El sábado yo sabía que se venía el divorcio y, en efecto, un mes después era exactamente eso lo que ocurría.
Mientras los demás niños disfrutaban de su infancia de ceguera e inocencia feliz, yo nunca pude hacerlo del todo. Percibía cada mirada rara, cada tono de voz, cada mínima tensión que para el resto del mundo no existía.
A partir de la adolescencia los síntomas empeoraron. Ya no necesitaba que varios elementos se conjuguen para llegar a un resultado de cualquier modo inevitable. Una demora significaba infidelidad. Un silencio significaba pelea. Dos días de desaparición querían decir definitivo abandono.
Ante esta situación, y dado que nada me tomó nunca por sorpresa, cualquiera podría decir que yo sería capaz de utilizar el don a mi favor. Capaz, en una palabra, de adelantarme a lo que ocurriría y actuar en consecuencia. Ser infiel antes de que lo sean, dejar antes de que me dejen, hablar antes de que me hablen.
Sin embargo, jamás pude hacerlo. Ante el primer síntoma, al contrario, una suerte de parálisis se apodera de mis facultades mentales. No de mi cuerpo, por cierto, que parece más activo que nunca. Más horas de estudio, más páginas escritas, más vueltas corridas alrededor del parque. Corridas más rápido, a propósito, como si el agotamiento físico pudiera liberarme del otro, del agotamiento del que solo se descansa cuando la verdad ya sabida termina de comprobarse.
Cualquier elemento podía ser el comienzo, y yo no hacía más que dejar que ocurran, esperar el siguiente elemento. Finalmente, llegaba el desencadenante, la soga que se ajustaba en el cuello.
Hacía un tiempo, había sido la cara que tenía él cuando me abrió la puerta de su casa el día que nos separamos. No se había bañado aún y en lugar de zapatillas tenía puestas unas ojotas viejas. Eran esos elementos secundarios. Nada como su cara. Ahí era donde me decía que no me quería más, que no me soportaba. Ahí me pedía que por favor lo dejara en paz. Me dio un beso como siempre y me hizo pasar, pero yo supe que era la última vez que pisaba esa casa y ese barrio. La conversación llegó pacífica, unas tres horas más tarde.
Yo me quedaba con dudas, con todo mi cariño y mis ganas de no tener esa sensación de muerte, esa especie de resaca blanca. Pero la paz venía cuando todas mis sospechas se comprobaban. Nada de llanto, pues ya había llorado antes, mientras estudiaba, mientras corría, mientras me pedía por favor a mí misma que no fuera cierto todo eso que yo ya lamentablemente sabía.
Mucho tiempo después, hoy, me pasa algo parecido. Los personajes son otros, las circunstancias también. Ni siquiera soy yo la misma que respondía las sonrisas tontas de mi papá o que visitaba por última vez a quien estaba por dejarme. No es paranoia, no puedo manejarlo. Los elementos van llegando de a poco y yo sé que están ahí. Una vez más, los conozco, los miro de reojo y no soy capaz de hacer absolutamente nada para cambiar el curso de las cosas.

Friday, March 07, 2008

I'm not indie

_Me gustaría ser hombre. Y ser hermoso, narcisista y gay.
_De una.

Agustín nunca fue homosexual. De hecho, desde la secundaria, siempre tuvo novias o chicas con las que salía o veía películas de Woody Allen, mientras ellas se dormían o se preguntaban cómo sería más tarde el sexo en esa misma cama. Su padre no fue ausente ni autoritario, y su relación con su madre fue de lo más normal. Jamás lo vistieron de nena, lo reprimieron ni lo sobreprotegieron.
Sin embargo, pese a todo esto, a comienzos de marzo de 2006, Agustín se enamoró de un hombre. En realidad, decir que Juan era un hombre es, como mínimo, una exageración. Porque a pesar de su talento, de su voz grave, de su experiencia como músico y cineasta, no era en aquel entonces (ni creo que sea ahora) mucho más que un chico de un metro setenta y pico, con zapatillas de lona, sin pelo en la cara y con una actitud bastante aniñada.
Agustín, que comenzaría el tercer año de la Licenciatura en Artes Audiovisuales, había estado buscando trabajo todo el verano, y lo había conseguido como técnico electrónico de un cortometraje dirigido por Juan, aunque no había sido contratado por éste sino por un amigo de ambos, que no se conocían.
Los días transcurrían bastante tediosos. La producción desayunaba en un bar de mala muerte esperando a los actores, quienes siempre llegaban tarde o no llegaban. Luego se iban al set, donde cientos de pequeñas cosas funcionaban más o menos o mal. Los cables nunca eran suficientes, la luz nunca estaba bien, las actuaciones no convencían a nadie. La historia, por la poca atención que Agustín le puso, iba de una chica que vivía en un departamento horrible, componía canciones, engañaba a su novio y tomaba mucha cocaína.
Tenían planeado terminarlo en tres días, pero la semana estaba por cumplirse y todavía faltaban unas cuantas escenas. Mejor, pensó Agustín, ya que le pagaban por día de trabajo.
La primera oportunidad que tuvieron de hablar fue el jueves. Agustín fue el primero en llegar, y a las ocho de la mañana ya estaba sentado en el bar de siempre frente a un café con leche y dos medialunas demasiado pequeñas. Juan llegó a las ocho y media, con una mochila enorme en los hombros y su novia perfecta de la mano.
_Hola. _Dijo mientras se sacaba la mochila y se sentaba.
_Hola. _Entonces Agustín le vio la remera. Era una camiseta blanca común de mangas cortas. Sobre el pecho tenía escrito con una fibra una leyenda que resultaba desafiante: "I'm not indie".
_¿Qué? _Juan se percata de la mirada, Agustín sonríe.
_Nada.
El resto del desayuno transcurrió tranquilo y somnoliento. El día fue soleado y productivo. Terminarían al día siguiente y a la noche sería la fiesta de cierre. Juan era casi famoso, era una pequeña estrella. Tenía dinero y le gustaba hacer fiestas por todo, por cada corto, por cada muestra, a veces por tres o cuatro canciones que había hecho.
Agustín se encontró googleándolo y mostrándole fotos a una amiga. Se encontró llegando a su casa y contándole a su hermana que tenía un nuevo amigo por el que sentía admiración artística. Era muy cierto. Le gustaba el aspecto ejecutivo de Juan, cómo pensaba, cómo imaginaba todo el tiempo, cómo creaba. Odiaba su propio perfeccionismo paralizante.
La noche de la fiesta, el viernes, estaba cansado, pero los nervios eran una inyección de adrenalina y le impedían pensar en su agotamiento. Cuando llegó al lugar, un pequeño bar alquilado para la ocasión, se alivió al notar las caras también exhaustas de sus compañeros. Las chicas, con su maquillaje, disimulaban.
Saludó a algunas personas y pidió una cerveza en la barra. Juan le tocó la espalda en el momento en que estaba por pagar.
_No pagues. Es libre. _Sonrió tranquilamente.
_Ah, bueno, gracias.
_Me mostraron tu cómic.
Agustín no supo qué decir. Era una historieta que había dibujado por encargo el año anterior, relataba la vida de un ratón con anteojos y sus desventuras tratando de seducir a su compañera de oficina. No se había dado mucho a conocer, y esto, claro, era lo mejor para Agustín, que solía avergonzarse de sus pocas producciones. Tomó un trago de cerveza.
_Ah, es de hace tiempo ya.
_Es muy bueno. El personaje es encantador y los diálogos son geniales ¿Estás laburando en algo así ahora?
_No realmente. No hice mucho este verano. De hecho el trabajo en el corto es lo primero que hago en mucho tiempo.
_Qué mal. Deberías explotar tu creatividad, en lugar de andar cortando cables para otros.
Sonaba pedante, y lo era. Agustín sabía que era dos años mayor que Juan, y en vez de relajarse, eso lo intimidaba aún más.
_Me gusta cortar cables. _Contestó, tratando de sonar irónico.
_Podrías escribirme un guión alguna vez. _Lanzó Juan sin miedo ni escrúpulos. Más adrenalina.
_Cuando quieras, claro.
El resto de la fiesta transcurrió como cualquier fiesta, con conversaciones amenas, mucho alcohol y mucha música predecible y genial. Sin embargo, todos se habían levantado temprano, y las cuatro no quedaba casi nadie. Agustín despidió a dos chicas extras con las que había estado charlando, y se disponía a caminar de vuelta a su casa.
_Te llevamos. _Gritó la novia de Juan desde el asiento de copiloto del auto que estaba estacionado en la vereda. Cuando todos estan borrachos, todo parece más fácil, pensó Agustín mientras subía al asiento trasero. Dieron muchas vueltas por una zona de la ciudad que Agustín no conocía. Se detuvieron frente a un edificio espantoso, cuya puerta era vidriada con bordes dorados. La novia de Juan le dio un beso a éste y bajó del coche, mietras Agustín se pasaba al asiento de adelante. Juan arrancó nuevamente, sin esperar a que su novia entrara al edificio. A Agustín no le pareció bien.
_¿Por donde vivís?
_Cerca de la facultad.
_Perfecto. _Hacia allá se dirigieron. Durante el trayecto, hablaron poco, del corto, de las calles con baches, de si el disco que sonaba en ese momento era o no aburrido.
_Es aquí. _Dijo Agustín cuando pasaban frente a su casa. Juan se apresuró a frenar, pero terminó unos veinte metros más adelante. Tenían que verse nuevamente.
_¿Cuándo podemos hablar lo del guión? _Preguntó Agustín y se sintió automáticamente estúpido.
_Uf, yo me voy a España la semana que viene, pero cuando vuelva te llamo y tomamos unas cervezas.
_Ah, ¿España? ¿Vacaciones?
_Beca. Un mes.
_Ah. Bueno, nos veremos a la vuelta.
_Claro.
Abrió la puerta del auto para salir. En la despedida, besarse fue tan natural como respirar.

Sunday, February 24, 2008

Young Folks

Aquel sábado a la noche comenzó cuando me encontré a mi hermano arreglándose nerviosamente pelo con los dedos frente al espejo de cuerpo entero del living. Se había puesto una camisa de jean que le quedaba bien y un vaquero que creo que era nuevo. Me miró y lo miré a través del espejo. Era lindo, mucho más que yo, pero hacía un tiempo que no le tenía celos por eso. Se detuvo un momento para observar mi vestido y entonces se dio vuelta.
_¿Salís? _Preguntó con ojos inquisidores. No podría explicar qué quería decir esa cara. Que yo saliera era, en aquella época de nuestra vida, una clara novedad. Y la verdad es que él tampoco salía nunca.
_Al parecer. _Contesté haciéndome la misteriosa.

Desde la cocina, se escuchaba la voz del relator de Combate Space, y más lejana, la de papá que puteaba porque el canal no se veía bien. Los dos sentíamos vergüenza, pero ninguno dijo nada.
Él terminó de peinarse y yo me acerqué con un delineador y un brillo de labios para pintarme. Las líneas por encima del párpado no me salían derechas todavía, aunque debe ser que practiqué, porque ahora me salen y de un solo trazo. Mi hermano miró mis pies descalzos y preguntó con una sonrisa socarrona:
_¿Te vas a poner tacos?_ Debe haber creído que me iba al Abasto.
_No.
Terminé lo antes que pude y miré el reloj de pared. Ya era la una, ya era hora de irse.
_¿Tenés plata? _Estaba nervioso. Yo sabía, en parte, los motivos, pero me gustaba hacerme la tonta.
_No, todavía no.

Lo seguí por el pasillo oscuro hacia la cocina ruidosa, y las plantas de mis pies notaron perfectamente la diferencia de temperatura entre la alfombra del primer ambiente y los cerámicos blancos del segundo. La luz, amarilla y tenue primero, blanca después, también hacía que las sensaciones fueran otras. Preferíamos la oscuridad.

Papá no se dio vuelta hasta que mi hermano lo llamó por tercera vez. Cuando finalmente lo hizo, le dijo que necesitábamos diez pesos. Diez pesos era bastante plata por entonces.

_¿Para qué?_ Nos observó por encima de sus anteojos, solo un segundo antes de volver a posar los ojos sobre la pantalla.

_Salimos. _Dijo mi hermano en voz baja y continuó. _Hay una fiesta.

En cuanto a mí, no me animaba a decir nada. El acuerdo tácito establecía que solo intervendría si la cosa se ponía realmente fea.

Pero nada de eso ocurrió. Papá sacó tranquilamente la billetera del bolsillo de la camisa, la abrió y nos dio el dinero. Inclusive se molestó en darnos un billete de cinco pesos a cada uno.

_Pásenla bien, no vuelvan tarde. _Dijo en tono monocorde, sin mirarnos.

No importaba. Ya teníamos plata, llaves, zapatos, cigarrillos. Bajamos la escalera, mi hermano salteándose escalones, yo tratando de parecer una señorita.

_Compartamos el taxi. _Propuso cuando traspusimos la puerta de calle.

Subimos al primero que pasó y él dijo una dirección con la seguridad que lo caracterizaba.

_Balcarce y San Martín. _Entonces me miró y en voz baja me preguntó a dónde me dejaba.

_Creo que voy al mismo lugar. _Contesté y los dos nos sorprendimos extrañamente, para mal y para bien.

Teníamos que recorrer muchas cuadras, no menos de treinta.

_¿Quién te invitó?_Preguntó

_Compañeros de la facultad. ¿A vos?

_Una amiga.

No entendía en ese momento por qué me habían invitado. De hecho, nunca lo entendí. Esas personas a las que yo saludaba desde lejos de pronto sabían mi nombre y querían que fuera a su fiesta. A mí me parecía raro. Raro y genial. Raro pero genial.

Nunca antes había salido con mi hermano y esa noche empezaría a conocer una nueva faceta suya, superficial y ansiosa. A decir verdad, casi nunca hablábamos ni compartíamos nada que no fuera completamente cotidiano en nuestra casa. Ahí íbamos entonces, sin embargo, a la una y media de la mañana, recorriendo calles en ese taxi hacia un lugar en el que solo nos teníamos el uno al otro. Dos huerfanitos yendo hacia el hogar de la familia que los había adoptado, yendo hacia su nueva vida. Pasamos avenidas y semáforos sin hablarnos, cada uno sumergido en sus propias expectativas.
En un momento lo vi meter su mano derecha en el interior del blazer setentista que había sido de papá y sacar de adentro una petaca de whisky. La abrió disimuladamente, para que el taxista no lo viera, apuró un par de tragos y me la pasó.
_Creeme que no querés llegar sin haber tomado un poco. _Le creí. Me cayó un poco sobre el vestido. La ansiedad probablemente.
Estábamos cerca. Quería preguntarle a mi hermano quién era la amiga que lo había invitado, y si conocía, aunque fuera solo de nombre, a mis compañeros de la facultad. Pero algo me impedía hablar completamente. El taxi se detuvo frente a un portón verde y dijo que eran dos con cincuenta.

Ambos miramos en dirección al lugar, y por la cara que tenía mi hermano me di cuenta de que él tampoco había estado allí antes. Pagó y esperó el vuelto. La mano le temblaba y se la agarré, sosteniendo las monedas y el billete. Supe entonces que adentro nos esperaba algo fundamental.

_¿Qué te pasa?_Me atreví a preguntar finalmente sin soltarle la mano. Tras el portón sonaba fuerte algo que probablemente era Iggy Pop. Sus ojos estaban vidriosos bajo la lucecita amarillenta que el taxista apagaba en ese momento.

_Lo mismo que a vos. _Contestó.
Entonces nos bajamos, respiramos profundo y nos fuimos a disfrutar.




Sunday, January 27, 2008

(Poco) Profesional


(Más ficción que realidad. Pero crea lo que quiera)

Pedro tiene 16 y yo 26, pero él parece de 20 y yo de 22. Y todos sabemos que dos años pasan volando.

Llega sistemáticamente tarde, y jamás se disculpa ni parece importarle.
Se sienta frente a mí con el escritorio de por medio y media sonrisa en la cara aún dormida. Acto seguido, empieza a sacarse ropa, campera, buzo grandote con capucha, pullover finito, hasta quedar con una remera negra de Pink Floyd, que se acomoda moviendo los hombros con naturalidad.

En el proceso, yo aprovecho para mirarle los 30 centímetros de abdomen que se le ven por unos instantes. Pedro huele a un segundo de Axe en cada axila y a cigarrillo, aunque sean las ocho y cuarto de la mañana. Debe fumar en la puerta, justo antes de entrar.

Lee rápido y en silencio. Nunca anota nada ni subraya un párrafo. Nunca tiene lapiz ni lapicera, y entre las tapas llenas de direcciones de hotmail de su maltrecha carpeta, bailan sueltas unas cuantas hojas número 3 de diferentes marcas.

Estudia los temas sin mucho respeto, como yo creo que hay que estudiarlos. Cuando le pregunto, en pocos minutos ya se sabe la revolución francesa, sus etapas, su importancia. Sabe que la Santa Alianza surge del Congreso de Viena y que es un organismo conservador que quería restaurar el absolutismo. Pero en seguida aclara que la sociedad había cambiado y no iba a volver a aceptar a los reyes.

Terminamos bastante rápido y todavía falta media hora. Hay tiempo para hablar.
Me cuenta entonces de sus padres separados y dice como al pasar que se tiene que afeitar todos los días y cocinar para él y su hermana. Las dos cosas, claro, son un bajón.

A veces menciona a los amigos del barrio y a su ex novia, la dueña del libro que utiliza.
También dice que no quiere estudiar sino trabajar o tener un ciber. Alguna vez dijo algo lindo sobre mi pelo o mis anteojos, y mi seriedad lapidaria debe haber sido más reveladora que cualquier posible respuesta quinceañera.

Él en cambio, se ríe con picardía, mostrando los dientes. Sabe que es lindo y se siente cómodo con ello. Me sorprende que me guste, tan clásico y alto, tan actor de telenovelas ¿Dije que me guste? No, obvio que no me gusta. Solo hago uso al cien por cien de mi pequeñísima cuota de poder y lo miro sin disimulo, como si yo fuera una cincuentona divorciada y pelirroja y él mi hermoso taxiboy de veinte años. Si se da cuenta, mejor.

_Entonces, ¿sabés quién era Marx?
_¿Un filósofo que dice algo de la igualdad de clases?
Quiero reirme y no me sale. Opino que es un genio.
_Bueno, mañana lo vemos.
_Mañana es sábado.

Cada vez que pienso en maestras, me acuerdo de la Señorita Rottenmeier y de la Señorita Sánz. Me encantaría ser como ellas. La señorita Rottenmeier, una institutriz autoritaria y virtuosa, y la Señorita Sanz, tan sufrida y delicadamente pobre. Soy, en cambio, una chica ya grande que adora a Pink Floyd, fuma por las mañanas y quisiera tener a Pedro en el Msn para hacerle propuestas de vez en cuando.

Thursday, January 17, 2008

Enfrentarse al monstruo

Me habló dos veces en cinco años. La primera fue en 1999, preguntándome si le podía vender un libro de inglés, y la segunda fue en 2002, preguntándome si había vendido las diez entradas a By Pass. En ambos casos, mi respuesta fue un no, susurrado con temor mientras ella ya se daba vuelta airosa y se iba a hablar con otra persona.
Lo que más recordaba de Florencia el día que siete años después la ví en el supermercado, era lo mismo que podría recordar cualquiera que la hubiera conocido desde los 13 años en adelante: sus tetas. En efecto, el primer día de primer año, mientras las demás andábamos con nuestras corbatitas y pullovercitos bordó todos iguales, de esos tejidos a máquina que costaban catorce pesos en Casa Mara, ella se paseaba alegremente por el patio con una gastada chomba blanca y un lascivamente obvio corpiño negro debajo.
Nos dividieron en dos cursos y ella y yo quedamos cada una en uno distinto. Por supuesto, yo en el B y ella en el A. Nunca llegué a conocerla en profundidad, y mi ignorancia sobre quién era realmente la subía a un pedestal imposible, la llevaba a lugares que yo nunca conocería, la endiosaba hasta temerle, porque era todopoderosa, y haría lo que quisiera con el mundo y conmigo. La gente hablaba de su mirada gélida, sus risas burlonas y sus permanentes desplantes de reina afectada.
Su belleza era extrema y clásica, una actriz sobre la alfombra roja. El pelo negro y lacio, los ojos azules, la piel y las manos naturalmente hermosas. Había otras chicas lindas, más finas, tranquilas, inteligentes, reservadas. Florencia no era ninguna de esas cosas. Era un torbellino de gritos histéricos y carcajadas que resonaban en los pasillos. Era hermosa y estaba dispuesta a hacerlo notar absolutamente a cada segundo. Era famosa y disfrutaba de ello al máximo, de sus admiradores y sus esclavas, de las rosas entregadas en los recreos y las invitaciones a fiestas para gente más grande.
No podía haber en el colegio una persona más opuesta a ella que yo. Sí, claro, estaban las dos nerds, feas y completamente ridículas del curso, Daniela y Flavia. Apuesto a que todos se acuerdan de ellas. Yo, en cambio, ni siquiera era fea y nerd. Era la nada misma, un promedio siete, un ratón de un metro cuarenta y pico sin curvas, gracia, peinado ni estilo alguno. Una niña (o mejor dicho, un niño) de rasgos comunes, pelo descolorido y expresión casi siempre asustada. No era famosa, ni siquiera por perdedora o por estúpida. No entendía demasiado de nada, hablaba poco, salía lo normal, tenía algún novio del barrio que nadie conocía. Y nada de eso parecía molestarme.
Cuando terminamos el colegio, Florencia, que era todo uñas, pestañas, maquillaje y tacos, salía con un universitario rubio y rico que la pasaba a buscar en la camioneta de su padre. En marzo me mudé y dejé de verla. La imaginé en universidades caras de Buenos Aires, estudiando algún diseño, codeándose y cogiendo con lo más top, viajando al exterior, sacando su propia marca de relojes, en fin, la imaginé llevando a cabo la vida a la que parecía destinada desde su nacimiento. Mientras tanto, yo me dediqué a crecer unos centímetros y a aprender algunas cosas. Estudié comunicación, tuve amigos, viví sola, me dejé crecer el pelo. Me compré una onda, no me salió muy cara y todavía funciona bastante bien. Este invierno volví unos días, para el aniversario de mis viejos. Entré al supermercado a comprar pan y unos vinos. Casi a la salida, Florencia me ofreció un vaso de Interlagos, el agua mineral que estaba promocionando desde un stand de cartón piedra. La calefacción me había dado sed, y decidí que, a pesar de lo ridícula que pudiera parecer una promoción de agua, la probaría. Mis ojos chocaron con su cara extrañamente conocida e inquietante. Seguía siendo muy hermosa, aunque quizás no tan alta, no tan lozana como antes. Tenía ojeras y los hombros un poco caídos, aunque puede que solo fuera esa remera azul que no la favorecía. Me sonrió por primera vez en todo este tiempo, y me di cuenta de que era porque no me reconocía y tan solo quería venderme el agua. Terminé mi vaso y le agradecí en voz baja. No soporté otro momento con ella y me apresuré a salir sin más.
Cuando me di vuelta, un hombre muy atractivo la saludaba con afecto y ella reía fuerte y parloteaba. Seguía siendo famosa, y yo no. Resentida, me sentí patéticamente feliz por un momento. Me pregunté si era su decaimiento lo que me reconfortaba, pero unas horas más tarde me di cuenta de que la cuestión era más simple e infantil: ella, ese monstruo, ya no daba miedo.

Sunday, December 09, 2007

Liquidez

Cuando abre los ojos, primero uno, luego el otro, le cuesta unos segundos entender algo de lo que ocurre. Todo aquel que ha despertado de una anestesia general alguna vez sabrá más o menos de qué estoy hablando. Antes de mover el cuerpo, hay que mover las pupilas e intentar reconocer el lugar. Nada de hospital, nada de enfermedad, nada de anestesia. La cama es doble, las sábanas y el cobertor, completamente blancos. Las paredes lucen ese color sucio, como tiza, y tienen algunas marcas de tierra y de cinta scotch que había sido pegada y quitada tiempo después.

El cuarto es grande. Frente a la cama, una enorme estantería repleta de discos, de vinilo y de los otros. A su izquierda, una ventana-puerta que da a un patio con plantas deja entrar demasiada luz y hace que todo se vea más cercano a cómo es realmente. A su derecha, él duerme desnudo, dándole la espalda.

Quiero agua.

Todavía inmóvil en la otra punta de la cama, trata de pensar en algo que no sea la sed y el dolor de cabeza. Trata de recordar cómo habían sido los acontecimientos.

A ver... acontecimientos... primero la calle principal con las fotos que se iban sacando, aprovechando que todavía eran adolescentes. Hermosa y maquillada haciéndole fuck you a la cámara. Las amigas. En el drugstore, los chicos, un mensaje de texto, otro, un vino, otro mensaje. Problemas con el cambio y para encontrar la casa. Al fin, la fiesta y nada del otro mundo. El perro molesta a los recién llegados. El enorme gato blanco se sube a un árbol y allí se quedará hasta que se vaya la gente.

Era fácil para ella ser una pequeña estrella en ese lugar. Todos la miraban, todos querían saber su nombre y hablarle. Y contra lo que estaba destinada a ser, se había decidido por la popularidad y las fiestas, por la risa y la verborragia. Al igual que sus amigas, era de lo más agradable, conversaba con todos y se mostraba (aunque no necesariamente estuviera) muy interesada por lo que todo el mundo tenía para decir. Escuchaba las frases ajenas con complacencia, con algo parecido al cariño. No podía ser otra cosa.
Bebe más que los otros y baila un largo rato. Le encanta la música, pero no entiende del tema ni parece querer hacerlo. Ni vale la pena comentarle algo sobre la banda que está sonando.
Se olvida del olor a cigarrillo que va a tener al día siguiente y de las materias que ya se llevó. La primavera es su estación preferida.
Es tarde, tiene sueño y se va a dormir a la única cama que encuentra. El chico de remera roja, quizás el dueño de casa, se acerca a preguntarle si está bien. Sí, lo está. Las amigas le preguntan si quiere irse o quedarse. ¿Querés levantarte, peinarte, ponerte los zapatos, llamar un taxi, esperarlo en la vereda y llegar a tu cama, donde dejaste una alfombra de ropa y apuntes? Me quedo.
Todo tiene muchísimo sentido entonces. Alguien trata de interrumpir su sueño acariciandole la cara, los brazos, hablándole. Es el chico de remera roja. Qué pasa, nada, bueno esta es mi cama. Le gusta el chico pero no puede despertarse. Sí, cree que le gusta y la sensación definitivamente es mutua. Se sacan las remeras, con movimientos torpes. Quiero dormir. En serio quiero dormir. Acontecimientos, ahí estaban algunos.
Unas horas de nada hasta que el sol inunda el espacio y despierta con sed. Finalmente se mueve.
Me duele todo, y cuando digo todo quiero decir: todo.
Su musculosa y el resto de la ropa andan por el suelo. Se viste así nomás y busca la cartera, donde encuentra la cámara, cinco pesos y el celular sin batería ni crédito. Camina por el cuarto hacia una salida, ve un baño, pero no quiere mirarse en el espejo. Se detiene un momento para mirar al chico, cuya remera roja está en la mesita de luz. Debería despertarlo, o dejarle una nota, o...
No sabe qué hacer, y no hace nada.
Al trasponer la puerta, tropieza con el gato dormido.

Tuesday, November 20, 2007

Alto rendimiento

(A mi amiga la bailarina, que no sabía qué eran los blogs. Yo me imagino, quizás erróneamente, que la cosa es más o menos así. De todos modos, más ficción hecha a las apuradas, no vengan a decir "qué exagerada, no es así", porque me enojo).
Un poco más alto, piensa Silvina a las once menos diez mientras practica el último grand jeté. Tengo que llegar un poco más alto.

Trata de no mirar a nadie, ni a Asami Nariki, la estrella japonesa, ni a la preciosa y dorada Inés Durell. Sabe que no debe hacerlo, que una simple ojeada a las demás la volvería mediocre. Y Silvina nunca fue así. Además de ser tremendamente obstinada, trabajadora incansable y clara en sus objetivos, la naturaleza le dio una estructura pequeña, hombros cuadrados, pechos escasos, piernas larguísimas y un par de arqueados pies, a esta altura ya perfectamente deformados.
A los seis hizo sus primeros pliés, dos años después ya bailaba en puntas y a los doce obtenía su primer solo en la muestra final: Cascanueces. La academia donde se había formado era importante y cara, y Silvina siempre fue muy consciente del esfuerzo que sus padres hacían para que continuara yendo año tras año, inclusive permitiéndole dejar el colegio en el que perdía un tiempo precioso.

Ya a sus dieciocho, empezaba el momento de la verdad: cuerpos de baile en serio, contratos en serio, teatros en serio. Ya conocía la rutina. Levantarse a las cinco, peinarse, salir, comer una manzana en el camino. Llegar a las siete y bailar hasta las doce en la Academia. Comer algo en el centro y a las tres entrar a los cursos especiales, hasta las ocho. Volver a casa, bañarse y entrar a internet a buscar. Anotar todo, direcciones, horarios, fechas, cupos. El Ballet Estable del Teatro Cervantes incorpora a tres bailarinas. No decirle a nadie, nunca, porque cuanto más hables más gente va y es más difícil. De todos modos, se terminaban encontrando cada vez. Una carrera contra el tiempo, contra el espacio, contra los ligamentos, contra el cansancio. Dormir.

Silvina sabe que hay otro mundo, pero ignora casi todo de él. No sabe exactamente cómo funcionan las facultades, qué ropa está de moda, qué música se escucha en la radio, a qué lugares se sale un fin de semana o de qué hablan las chicas de su edad. Las pocas amigas que tiene son solo variaciones de ella misma, idénticas preocupaciones, idéntico destino, idéntico cuerpo. Los varones no existen, son esos chicos de leotardos blancos que dan saltos y se van juntos después de los cursos. Apenas se acercan a ellas. Sabe, por sus primas, que las mujeres jóvenes tienen novio, ven mucha televisión y se acuestan tarde varias veces por semana. De hecho, ella misma se durmió a las cinco de la mañana el día anterior: la lluvia golpeando en el techo y la audición de hoy no la dejaron conciliar el sueño antes. Silvina no está totalmente segura de que bailar sea lo que la haga sentir mejor, pero sabe que es buena en ello y que no es buena en casi ninguna otra cosa.
No se detiene a pensar, no quiere hacerlo. Pero a veces le gustaría tener un día entero para pasar en el parque bajo el sol, comiendo frutas, comiendo chocolate, comiendo mucho, enfermándose de tanto comer.

En el salón se siente la humedad y ya son las once del sábado. El piso de madera del escenario emite sonidos graves, sordos, bajo la presión de las puntas. Toc, toc, toc. Cuando empiece la música no se van a escuchar. Ya les sacaron los números del pecho: solo quedan diez y a partir de ahora las llamarán por los apellidos. Todas harán ejercicios de barra y en el suelo, y cada una tendrá al final tres minutos para bailar sola.

Todo pasa muy rápido, la barra, el suelo, Asami, Inés y las otras. Le toca bailar y lo hace perfectamente, cada movimiento se ejecuta solo, todos los músculos, todos los dientes, toda la energía, todos los pensamientos puestos en sus tres minutos. También pasan rápido. La una, pero nadie quiere comer.
Los jueces son cinco, pero las aspirantes solo miran a José Kleifer, el coreógrafo y director del ballet, que no se mueve de su lugar en la tercera fila. Las diez son llamadas nuevamente al escenario. Ahora nos va a decir que todas lo hicimos bien y que la decisión fue difícil pero que solo pueden elegir a tres, piensa Silvina erróneamente.
_Nariki, Durell, Damia. _Dice Kleifer de una sola vez, casi sin levantar la vista.
_A las demás muchas gracias, pueden irse. _Agrega la señora que se sentaba a su lado.

Friday, November 09, 2007

Salida familiar

Nos fijamos detrás y debajo de todos los jueguitos y las mesitas de plástico. Le preguntamos a los demás niños, a las señoras que estaban dentro del pequeño patio de juegos, hasta a la vendedora del kiosco que miraba concentradísima la televisión. No había caso: Aldana no estaba. La madre, al borde de las lágrimas, intentaba solucionar algo culpando a su esposo, un gordito de anteojos cuya prioridad habían dejado de ser, finalmente, los pedacitos de caño que sostenía en su mano.

Media hora antes, el señor y yo habíamos tenido una brevísima discusión. "Señor, los chicos no se pueden quedar solos", "¿pero esto no es una guardería?", "no señor, es un espacio de recreación", "pero voy y vengo", "no la puede dejar, señor", "¿y vos para que estás entonces?", para nada, pienso, y miro para otro lado.

No hacemos nada, me habían dicho cuando me ofrecieron el trabajo por cuatro domingos. Estamos ahí, simplemente, repartimos las hojitas para que dibujen, les damos un casco de plástico, un cupón para los padres, un álbum de figuritas si traen un ticket de compra (por supuesto, no tenemos idea de dónde se venden las figuritas). Los empleados, que trabajan seis días a la semana, nos odian.

Por lo menos hay aire acondicionado. Después del primer domingo, uno descubre algunas cosas: es bueno no llevar puesto reloj, y sacar el celular lo menos posible. Es bueno intentar hacer que entre gente, molestar a todos los padres con la estúpida explicación del premio sorpresa de Discovery Kids, es bueno sonreir a los niños y ver si tienen algo que decir. Es bueno observar su conducta como quien hace algún tipo de experimento piagetiano.

Hay solo dos tipos de nenas: las buenitas, que piden amablemente una hojita y se van a sentar calladamente a un rincón, y las malas, que me exigen que las ayude cuando la florcita no les sale o que se quejan de que aquella otra se lleva los mejores crayones. En su mente, yo soy una simple extensión de la niñera o la empleada doméstica que forman parte de su vida. Las dos, sin embargo, dibujan lo mismo: pasto verde, casita, mariposa, chica linda, arco iris, arbol, flores.

Los varones, en cambio, son mucho más interesantes. Cada uno es muy distinto de los demás. Están los tranquilos, que se sientan a dibujar tonterías, los que se trepan a las mesas, los que hacen verdaderas obras hidráulicas con los lego, los que te preguntan cuantos años tenés y si estás casada, los que extrañan a su mamá, y hasta los que te devuelven la hojita que les das para dibujar y te piden que por favor les hagas hacer sumas y restas.

No me aburro. Sobre todo cuando mi compañera (una señorita de 27 años que hace algo así como teatro de revistas) se tiene que ir a ensayo a las 5 y media y me quedo sola. Ya no me siento incómoda por su presencia y sus constantes quejas de que todavía son las tres o que todavía son las cuatro. Ordeno los lego, por color, por tamaño, organizo los dibujos que van dejando, los lindos, los feos, los que hay que tirar cuando termine el día. Lleno cupones con datos falsos. Tarareo el único tema de The Cure que sonará en toda la tarde entre Julieta Venegas y Cristian Castro y trato de no escuchar la metálica voz que ofrece cursos gratuitos de empapelado o herramientas de fuerza a precios increíbles.

A las siete, siempre se llena. Los niños no me molestan demasiado, salvo para pedirme que les ate los cordones o que les pele el palito de la selva. Son muchos. Sus progenitores están alrededor, los miran, les sacan fotos con el celular, conversan entre ellos, se encuentran. Los casos de padres y madres que se quejan porque no pueden dejar solos a sus hijos son tristemente numerosos. No entiendo nada. ¿Tanto les molesta jugar un rato con los chicos? Digo, es domingo, y se supone que eso es una salida familiar, quizás patética, pero es una salida al fin. Algunos de sus hijos son muy interesantes, cuentan cosas graciosas y dibujan superhéroes. Sin embargo, pareciera que sus padres no ven las horas de deshacerse de ellos, aunque sea por un rato.

Eso le pasó al padre de Aldana, que a pesar de mis advertencias no podía quedarse con ella ni llevársela a comprar los cañitos. Cinco minutos después de que la hubiera dejado apareció una madre joven con un niño hidrocefálico, a quienes nadie podía dejar de mirar. La mujer, rubia, hermosa, tranquila, le ofrecía uno por uno los juguetes de colores. El chiquito ni los miraba. No hablaba, no respondía de ninguna forma. La madre estuvo casi diez minutos hasta que se rindió. Le di un cupón, lo llenó, se fueron de la mano. Una nena me contaba de lo mala que era su prima y un nene me decía que le estaba dando hambre, cuando el gordito padre de Aldana volvió. Su hija no estaba, y yo estaba distraída, despreocupada o sobrepasada por la cantidad de gente. No la vi.

Cuando la madre llegó y empezó a gritarle a su esposo, no pude soportarlo. Les sugerí que la llamaran por el micrófono, pero Aldana tiene solo dos años y no entendería que se están refiriendo a ella. Como casi no habla, tampoco podría decirle a nadie que estaba perdida. La única opción era hablar con los de seguridad para que la busquen por todo el shopping, y fue lo que hicieron. Una nena de dos años con vestido de jean y zapatillas rosas. Desesperación.
Apareció bastante rápido y cuando pasaron, el padre y yo nos miramos, ambos llenos de culpa. La madre llevaba a la chiquita, que no parecía darse cuenta de nada.

En medio de todo el lío, las nueve. Guardo los cascos, recojo los dibujos. Mando dos mensajes de texto. Nueve y cuarto. Meto los lego en dos cubos de plástico transparentes. Junto los pedacitos de crayón que quedaron por el piso. A las nueve y media todo está limpio y cierro el stand. Me olvido de que quería mirar si estaba el libro de Burke en Yenny. Salgo afuera, hace calor, camino hacia la parada del colectivo. En los auriculares suena Elastica. Al fin. No pienso en nada. Tengo hambre, tengo sueño, tengo cincuenta y cinco pesos más que hace ocho horas.


Tuesday, October 16, 2007

señoras de su casa

(Un intento de relato ficcional, influenciado por la realidad y con mucho robo a Dorothy Parker y a otros)





La señora M. se levanta diariamente a las siete de la mañana. La empleada todavía no llegó a esa hora, entonces se prepara apresurada su café y lo vuelve a guardar en el freezer, antes de que la muchacha se lo encuentre. Lo mismo tiene que hacer con las galletas dulces y los chocolates. Terminado el desayuno, edulcorante, manzana, clara de un huevo sin sal, agarra el auto y deja atrás su casa del country. Le gusta vivir ahí, pero la pone de pésimo humor el tráfico que tiene que soportar cada mañana para ir al gimnasio. Se fumaría un cigarrillo en cada semáforo, pero hace más de veinte años que dejó de fumar. Es que es tan desagradable que una mujer fume.

La señora M. llega al establecimiento y saluda a todos, incluyendo al portero, que a esa hora está generalmente baldeando la ancha vereda. "Buen día don José", dice bien fuerte. No es cuestión. La señora M. no se cree demasiado buena como para no saludar al portero. Terminada su rutina de dos horas de ejercicios, que realiza estoicamente mirándose siempre en el espejo, se va sin ducharse. Le dan asco los baños del gimnasio. No es que el gimnasio en sí sea sucio, o tenga algo que sugiera que no es del todo higiénico, al contrario, es de lo mejor que hay en la ciudad, pero igual, siempre puede haber algún gérmen en el suelo mojado u hongos pegados en las cortinas plásticas de las duchas. De nuevo en el auto, mira su celular, generalmente sin mensajes o con mensajes de la empleada, que no sabe si freir las milanesas o hacerlas al horno. Este tipo de cosas exasperan a la señora M., pues la muchacha ya sabe demasiado bien que en su casa no se comen frituras. Debería decirle que no cocine más, pero entonces tendría que pagarle menos y sería mezquino. Y era claro para la señora M. que tampoco estaría bien pagarle lo mismo y que hiciera una tarea menos. Además, odiaba cocinar.
Los chicos llegan a comer entre la una y las dos. La empleada pregunta si le deja comida para el Señor, pero la señora M. dice que no, que el señor se queda a comer en el centro. No sabe por qué esa chica hace tantas preguntas inútiles. Ya sabe perfectamente, lunes, martes y jueves, el señor no come en la casa. ¿Tan difícil era acordarse de eso?
Los chicos hablan poco entre ellos o con su madre. En realidad, los tres son de pocas palabras. Uno menciona algo sobre el partido de rugby que dieron o que darán, otro comenta sobre la fiesta a la que fue invitado ese sábado, el tercero se queja de que tiene que estudiar para los muchos parciales que tendrá esa semana en la universidad privada a la que los tres asisten.
A la señora M le encanta tener hijos varones. Ella es, como se suele decir, la reina de la casa. Y como buena reina, se retira afectadamente a su habitación después de terminar el almuerzo. Cuando enciende el televisor, se queja en silencio de que éste no se ve bien. "En esta casa hay demasiados televisores". Busca otro canal, uno que se vea más lindo. Al fin lo encuentra.
Entonces agarra el teléfono inalámbrico, que tiene siempre junto a la cama. Llama a dos amigas para ver si quieren ir de visita por la tarde, pero resulta que ya ambas tenían planes. Entonces llama a su madre, que no tiene nada que hacer pero tampoco quiere dejar la casa sola. Bueno, dice la señora M, yo iré para allá. Podría llevarle las galletas suizas que le habían regalado las chicas de la parroquia y que eran una permanente tentación. Además, podrían tejer y jugar a las cartas.


La señora S. es una mujer feliz. Siempre ha sido inteligente y ha sabido resolver correctamente cada uno de los aspectos de su vida. Y todo le salió de maravilla. La señora S. no se levanta jamás temprano. De hecho, nunca abre los ojos antes de las doce, y cuando lo hace, ya todo en su casa está funcionando como una máquina aceitada. Las camas de las chicas tendidas, las alfombras aspiradas, los espejos relucientes, los baños limpios, los perros alimentados, el lavarropas centrifugando, el garage todavía húmedo, sin tierra ni hojas. En seguida María le llevó a la cama el desayuno. La bandeja de madera tenía de todo: café con leche, jugo, tostadas, mermelada, queso blanco, cigarrillos y encendedor.

Era maravilloso que María viviera con ellos desde hacía tantos años. Parece que fue ayer cuando le daba el antibiótico a las nenas siempre al horario indicado, cuando les armaba los disfraces para el acto del colegio o cuando ella misma se ofreció a hacerle los souvenirs para la fiesta de quince de la más chica. María adoraba a las nenas, y ellas también la querían mucho. No la molestaban a la siesta ni de noche, y si necesitaban que les arregle o les planche algo en particular, trataban de hacerlo ellas mismas. Solo le pedían ese tipo de cosas en ocasiones super especiales, o cuando directamente, como se suele decir, no tenían qué ponerse.

Las chicas tenían una vida agitada, y por lo tanto su madre también. Era una suerte, pensaba y decía a menudo la señora S., que tuvieran una relación tan estrecha y buena. Sus hijas le contaban todo. La señora S. sabía perfectamente quiénes eran sus verdaderas amigas, quiénes solo las querían por su dinero, quiénes eran sus pretendientes serios y quiénes no tenían ninguna posibilidad con sus hijas. También realizaban muchísimas actividades, y su madre tenía que acompañarlas y apoyarlas en todo, lo cual para ella siempre era un placer. Las buscaba del colegio, las llevaba a gimnasia, las iba a buscar, las llevaba a sus clases de inglés, a las casas de las verdaderas amigas, a comprarse alguna cosita al centro o a las fiestas de los viernes y los sábados. Y las chicas eran una sensación. No solo eran hermosas e inteligentísimas, sino también personas sensibles y buenas. Siempre estaban dispuestas a prestar su ropa, y no les importaba demasiado si les devolvían las remeras estiradas.

La señora S. sentía un enorme orgullo de las chicas, y de que estas compartieran todo, inclusive sus experiencias amorosas, con su madre. Eran verdaderamente amigas. Tanto así, que cuando le preguntaban a la señora S. cómo estaba, ella en seguida decía que estupendamente, que a la más grande le habían dicho que su caballo era el más bonito o que a la más chica justo ese día le había enviado flores un pretendiente serio. En el pueblo eran personas de bien, respetadas y queridas por todo el mundo. El señor era un conocido médico, que hacía cirugías en Buenos Aires y en el exterior, pero que también había atendido personas de su propio pueblo, inclusive algunos pobres, ya que, como él mismo decía, la caridad empieza por casa. El señor viajaba muchísimo, conocía todo el mundo, y siempre invitaba a la señora S. a que lo acompañe. Esta, sin embargo, rara vez iba. Las chicas querrían estar con ella, la extrañarían, no sabrían qué hacer solas. Eran tan aniñadas, tan unidas a su madre, y eso que en un par de meses la mayor empezaría la universidad. Se tendría que ir a vivir sola. Por suerte a la más chica todavía le faltaba un año. Sin embargo, llegado el momento, ya la señora S. sabría qué hacer para ocupar su tiempo. Habría que acondicionar el departamento, pintarlo, cambiarle cortinas, patinarle muebles. Y cuando todo eso estuviera terminado, sería bueno viajar una o dos veces por mes y quedarse unos cuantos días, conocer a las nuevas verdaderas amigas y a los nuevos pretendientes serios. Sería mejor para todos que las chicas no estuvieran tan solas, que se acostumbraran a que la madre a veces está con ellas, dispuesta a prestarles siempre que lo necesiten su consejo y ayuda.
La señora P. no la pasaba tan bien. En primer lugar, era pobre. Vivía en una casa venida abajo con su marido y sus hijitos. Tenían tan poca diferencia de edad que parecían mellizos, pero la niña era once meses mayor. La señora P. se pasaba los días en su casa cuidando a los niños, que eran realmente terribles. Cuando uno quería dormir, el otro quería comer. No la dejaban hacer nada, ni cocinar, ni planchar, ni siquiera ver televisión tranquila. Al final del día se sentía agotada, exhausta, de mal humor. Para colmo, cuando el señor llegaba alrededor de las siete, siempre quería comer algo rico y conversar con ella, que no tenía ganas. Entonces el señor se enojaba y se iba solo a ver television, mientras la señora P. juntaba los juguetitos en una caja y hacía dormir al más chiquito, que era verdaderamente imposible. La señora P. no tenía idea de cómo hacían las madres que tenían más hijos. Ni hablar de las que trabajaban. Ella estaba decidida a no trabajar, a ser una buena madre por lo menos hasta que fueran a la escuela. De todos modos, no tenía nunca tiempo para nada. Apenas lograba bañarse tranquila o tejer algún que otro pullover, que ya alguno estaba lloriqueando o queriendo jugar con algún adorno de vidrio, que ella tenía que quitarle de la mano.
Por suerte, su matrimonio funcionaba bien. El señor la adoraba y quería tanto a los niños. Era una suerte haberlo encontrado, cuando ya era prácticamente la única soltera de su círculo. Era cierto que se había quedado embarazada antes de lo esperado, pero en seguida el señor se había puesto contento y le había propuesto casamiento. Además, como le dijo la señora P. a sus suegros, ella no estaba dispuesta a ser madre soltera. Y él era, lo que se dice, un buen partido. Es verdad que a la señora P. siempre le habían gustado los hombres altos y delgados, como su padre, pero uno nunca sabe cual será su príncipe azul, y si bien el señor no respondía a sus ideales de belleza, era un buen hombre, tenía una bella personalidad y trabajaba mucho por su familia. La señora P. no siempre la pasaba de maravilla, pero tenía que reconocer que estaba mucho mejor que antes. Vivía con sus padres, estudiaba todo el día y trabajaba los fines de semana. Los exámenes y esa maldita tesis la tenían cansada, y salía tanto de noche que ya estaba harta de los lugares de siempre. Tenía un pretendiente que leía mucho y con quien a veces salía. Conversaban maravillosamente. Pero a la hora de la verdad no se había mostrado lo suficientemente decidido, y eso nunca es bueno para una mujer. Por suerte había aparecido el Señor, que ya era contador y que pronto ganaría buen dinero. Para entonces, ya los chicos serían más grandes, y ellos podrían salir a cenar algún día, o inclusive irse de vacaciones solos.